Julio, Rocco, y la eterna presencia de Silvio Frondizi

Estábamos protagonizando las primeras protestas estudiantiles que renacieron después de un tiempo de “absoluto” silencio que impuso la dictadura de Onganía hasta 1969 (…) Aún me conmueve la tímida sonrisa cómplice de otro amigo de entonces: Julio Frondizi, hijo del inolvidable Silvio –asesinado por la “Triple A” el 27 de septiembre de 1974—cuando, un marea de cintas negras en los sacos azules de los varones y en los guardapolvos blancos de las chicas invadió los colegios de la ciudad: “Bello, Cabral, los vamos a vengar”.Estábamos pariendo los ’70.

Alberto Nadra, Secretos en Rojo. Un militante entre dos siglos, Página 112, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 2012.


Esa amistad es de hierro. Casi cuarenta años no lograron siquiera mellar la amistad que construimos en las aulas del Colegio Nacional Mariano Moreno, el mismo en el que se graduó Silvio. No volví a ver a Julio desde que despedimos a su padre, con miles de argentinos y una furiosa represión policial del siniestro comisario Alberto Villar,  jefe de la policía de Isabel Martínez, quien no vaciló en secuestrar los féretros.  Años después de la retirada de la dictadura pudimos retomar contacto, que no hemos abandonado, pese a que sólo logramos ejercerlo mediante cartas, y ahora veloces mails.
Tal vez por eso el impacto del bello discurso de su hijo, Rocco, en el “Salón Rojo” (ninguno más adecuado) rindiendo homenaje a su abuelo, el 18 de junio, en la Facultad de Derecho de la UBA, la misma en la que estudié, y en la que logró su título Silvio Frondizi.


“De niño, mi abuelo era para mí era una foto sobre la mesita de luz de mi nonna Laia (“Pura”) cuando yo iba a visitarla en su casa en el barrio romano de Ponte Milvio.


Era la voz quebrada por el llanto en los recuerdos de los parientes, un clavel rojo sobre el escritorio de mi padre el 27 de septiembre, aniversario de su muerte.


Eran los gestos de respeto cuando, de niño, conocía casualmente argentinos y ellos estrechaban mi mano conmovidos cuando sabían que mi apellido era Frondizi.


Pero fue de grande que comprendí de verdad quien fue este hombre audaz que supo oponerse con la fuerza de sus ideas a las injusticias.
No quisiera referirme a su vida, tan dignamente descrita en el libro “Defensores del pueblo”, ni a su carrera académica y política, como tampoco a los textos que han traducido su pensamiento profundamente revolucionario.


Él fue, sobre todo,+ un abogado y defensor de los derechos humanos, audaz acusador de un régimen de abusos y torturas y pagó con su vida sus denuncias.


Su pensamiento de emancipación humana, su teoría del autogobierno, su aporte a las ideas marxistas, pero sobretodo su continua defensa de los prisioneros políticos, hicieron de él un grande.
Presidía el acto la decana de la facultad, Mónica Pinto, y en visita oficial Catiuscia Marini presidente de la Región de Umbría, Italia, tierra de origen de los Frondizi, rama que crece en Buggio. Marini destacó la trayectoria de Silvio, el defensor de presos políticos, el que se negó al exilio pese a la cárcel y las amenazas, principalmente al impacto de su aporte teórico e intelectual a la cultura universal, anunciando un “Plan de Rescate” de sus obras para difundir en Italia, algo que algunos pequeños, muy pequeños académicos y funcionarios todavía no han hecho. Pasada la furia dictatorial que destrozó su biblioteca y prohibió sus libros, en su Patria jamás se reeditaron las obras del brillante marxista.


Más que una asignatura pendiente, un aplazo vergonzante para la democracia argentina.


El aporte intelectual de Silvio sólo pude valorarlo con el tiempo. En aquellos años cuando acompañando a Julio visitaba su casa en Almagro, Cangallo al 4.000, quise –mucho– al gran ser humano,  que me  contó de su respeto por mi padre, y me brindó su sincero afecto cuando mi dogmatismo no me permitía escuchar mucho más que mis “verdades”. El me ayudó con paciencia a escuchar otras, junto al cariño de Silvia y Julio, mi “hermano mayor”, según su permanente ostentación del par de meses que separaron nuestro nacimiento.


Luego, recuerdo las desesperadas acciones para lograr su aparición con vida luego de su secuestro por un comando dirigido por el subcomisario Juan Ramón Morales y el subinspector Rodolfo Almirón Sena, ambos bajo las órdenes del máximo responsable de este grupo paramilitar, el entonces Ministro de Bienestar Social, José López Rega, funcionario preferido de Isabel Martínez, que todavía debe rendir cuentas por esos centenares de crímenes.  Silvio fue secuestrado de su domicilio, a cuadras del Parque Centenario y a plena luz de del día, para luego acribillarlo con saña y cobardía (52 disparos por la espalda) en los bosques de Ezeiza. Previamente, al intentar evitar el secuestro, también fue asesinado su yerno, Luis Ángel Mendiburu, esposo de Silvia, quien era ingeniero, profesor de la UTN y militante de Juventud Universitaria Peronista (JUP). Julio, impotente pero lejos de paralizarse, disparó con una 22 a la patota de metralletas, FAL y 9 mm. Inutilizó uno de los tres vehículos en que se desplazaban, abandonado a las pocas cuadras.


Recién en los ’80 pude descubrir que interpretación y recreación del marxismo fue, quizá, una de las más originales y críticas de Latinoamérica, profundamente revolucionaria, con unas sólida base humanista, con la vista puesta en un hombre total y principalmente libre, fruto de un socialismo no burocrático ni dogmático, un socialismo autogestionario, como nunca se ha logrado, aún, en la historia de la humanidad.  Aún conservo la que pienso su mayor obra, La Realidad Argentina, tapa en letras negras sobre blanco y rojo. Silvio mismo me la entregó. La guardé como el regalo de un luchador querido, la leí mucho después con la avidez del que busca respuestas a los desengaños y nuevos interrogantes que jamás imaginó.
Rocco siguió con sus palabras. 


Su vida pública de abogado, político y docente fue siempre de militancia proyectada hacia la construcción del socialismo.
Silvio Frondizi aspiraba a la emancipación del género humano en una visión global que comienza ya desde la Revolución Francesa.
Para él, la función del intelectual era educar a las masas y elevarlas constantemente a la cultura.


Para mi abuelo el camino hacia la realización personal, no era una búsqueda aislada sino que una lucha colectiva.


A esto se debe la responsabilidad que él atribuía a los intelectuales para trasformar la sociedad, democratizando la cultura, permitiendo el acceso a todos a la universidad sin banalizar el conocimiento, metiendo en grado que obreros y burguesía tuviesen las mismas oportunidades, creando así una nueva generación de intelectuales, un “hombre nuevo”.


Algunos consideraban ingenuo su optimismo sobre el poder de las ideas, la fuerza de los argumentos de la razón, pero él fue toda su vida un ejemplo vivo de sus ideales de maestro.


Por lo tanto yo, su nieto, ahora me inclino frente al maestro que supo mantenerse vivo después de la muerte a través de sus ideas que hasta hoy están vigentes, es por esto que en esta ceremonia deposito a nombre de mi familia, una vez más, una manzana, la manzana que mi padre Julio dejó sobre su féretro en 1974 en señal de su amor por él.
Si, una manzana. Roja de sangre y combate. En el formal pupitre del salón académico.  Pero no una manzana cualquiera.  Repito, estoy dispuesto a repetirlo mil veces: “…deposito a nombre de mi familia, una vez más, una manzana, la manzana que mi padre Julio dejó sobre su féretro en 1974 en señal de su amor por él.Ni el homenaje ni sus palabras, ni la de la Presidente de la región de Umbría se publicaron en ningún medio argentino. Es difícil creerlo pero así es. Dicen que nunca es triste la verdad. Yo creo que sí.

Suelo escabullirme de los saludos finales, pero este no fue el caso. Me levanté apenas concluido el acto pues en el rostro de Rocco veía, al menos una parte de la imagen de nuestros años con Julio, en el rostro de su hijo.
Jamás imaginé que en ese gesto me ganaría un cross, pero al corazón. Le comenté que Julio siempre me saluda como mi “hermano mayor” y le respondo como “hermano menor”. Para mi sorpresa lo sabía. Me miró y con la misma sonrisa tímida de aquel Julio que conocí, Rocco me miró y sólo dijo cinco palabras que ya no olvidaré mientras viva: “Entonces tengo que llamarte tío”. ¿Qué más?

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