Este jueves 19, tal vez para no soportar un 24 de marzo en este país arrasado por el mileísmo y tan lejano del que soñamos y por el que luchó sin medir riesgos, murió mi compañera, Leonor.
Para algunos, sobre todo los cordobeses, fue la hija del legendario “flaco” Canelles; para otros una de las nueras de Fernando Nadra; para muchos “la compañera de Alberto.
Sí, pero no. Leonor fue mucho más. Como tantas de la generación de los 60 y los 70 fue joven militante en secundarios y luego en los barrios populares de Córdoba: perseguida, detenida, baleada, inclaudicable siempre, hasta el último día, en que las heridas de la tortura seguían doliendo, horadando su salud…
Mucho tengo que decir de ella, como quien me sostuvo y acompañó en los momentos más difíciles. Tal vez lo haga. Hoy no puedo en medio de un dolor infinito. Como siempre, ella sabe, comprende.
Con mis camaradas, mis compañeros, amigos y quienes no la conocieron, apenas reproduzco estas líneas que pertenecen a mi libro Secretos en Rojo, Un militante entre dos siglos.

Leonor
Un solo tema me suscitaba dudas, me ponía meditabundo y, en ocasiones, nublaba ese cielo despejado, sin vestigio de vacilación, de mi convicción y temeridad militantes de la niñez y parte de la adolescencia. Aun a esas edades tan tempranas, de cuando en cuando, me preguntaba: ¿Cómo respondería a la tortura? ¿Sería como mis héroes, —aquellos de la literatura soviética, los luchadores por la República española, o las historias de la resistencia antifascista europea (los maquis, los partisanos), los barbudos cubanos— o arrastraría la vergüenza del quiebre?

Muchos años después, la vida me enseñó que la respuesta lejos está de surgir de una dicotomía tan sencilla.
Leonor era la hija mayor del Flaco Jorge Canelles, una de las leyendas del Cordobazo. El 9 de octubre de 1974 el Navarrazo que derrocara a Obregón Cano y Atilio López lanzó un operativo de fuerzas policiales junto al Comando Libertadores de América: el equivalente cordobés a la Alianza Anticomunista Argentina. Arrasaron los locales de Luz y Fuerza, del PST y, finalmente, del PC.

Leonor y el Flaco —junto a unos cincuenta camaradas— fueron detenidos en Obispo Trejo 364, sin haber opuesto resistencia: la orden en todo el país era sólo usar armas si el operativo era de parapoliciales de civil, pero nunca si estaba presente algún agente uniformado.
La movilización por la libertad de los compañeros fue inmediata e intensa. Dos días después, frente al D2 (Departamento de Informaciones de la Policía de la Provincia, ubicado en el edificio del Cabildo histórico), los militantes aún esperaban la salida de los Canelles, que seguían sin ser liberados. Estuvieron entre los últimos en salir, y todos sabían que la hija de el Flaco había sido torturada al lado de Tita Clelia Hidalgo, quien murió por el ensañamiento y el tardío intento de hospitalizarla.

Todos sabían que esa chica flaquita, bonita, altiva pese a sus escasos 17 años había soportado los golpes, la picana, las vejaciones, los simulacros de fusilamiento. Todo, sin decir palabra. Aun así todos sufrieron un fuerte impacto cuando Leonor salió a la calle. Con la frente alta, como siempre. Pero con la ropa rasgada y ensangrentada. Con los ojos vacíos y gélidos. Lejos de aquellos, a los que Jardín Florido, aquel pintoresco personaje cordobés, le dedicara —casi niña— uno de sus célebres “piropos”.
Doce años después, en 1986, Leonor —ya mi esposa y madre de mis hijas, Yamilé y Giselle— contaba, en una de esas raras ocasiones en las que hablaba de su pasado, anécdotas de Alberto Caffaratti, de Tomás Ditofino, de su amiga, “la” Marina Colman. Todos secuestrados y asesinados por la dictadura. Escuché sobre cómo su casa familiar se derrumbó casi hasta el borde de la cama de su pieza por la explosión de una bomba. Sobre el vaquero Oxford, milagrosamente agujereado en la botamanga, en una de las oportunidades en las que la balearon desde un Falcon, en pleno centro de la Ciudad de Córdoba.

En alguna otra ocasión me regalaría pantallazos de los días que acompañaba a sus padres a la casa de Agustín Tosco. De las charlas con él y con su familia: Nelly, Héctor y Malvina —la esposa y los hijos del Gringo—, cuyo cumpleaños festejaron juntas en el sur visitando a sus padres presos en el penal de Rawson.
También me enteré de los meses de hambre y desesperación cuando el Flaco se fugó porque lo buscaban para matarlo. Meses en los que Leonor fue el sostén, la fortaleza de su madre, Cristina; y de sus pequeñas hermanas, Betty y Silvia. El sostén económico y emocional; siempre mirando por sobre el hombro para proteger a las suyas; buscando un lugar donde dormir —aunque fueran unas escasas horas; un plato de comida, o un mate con papas fritas…
Leonor siempre fue “la fuerte”, enfrentándose no pocas veces a puertas cerradas y a los rostros de pánico de compañeros de no tan lejanas veladas de anécdotas y risas.

Una tarde, charlando casualmente, salió aquel tema que me perseguía de niño. “No sirve pensar en eso. Nadie puede decir qué hará cuando lo torturen. Porque, sencillamente, nadie lo sabe”. Esa fue la respuesta natural, sin vacilaciones —y, como siempre, práctica— de Leonor. Para ella “la cuestión” nunca llegó a existir. Por primera vez me había animado a preguntar: ¿cómo aguantaste la tortura?
—No sé… Era como estar viviendo una película. Como si yo no estuviera ahí, sino otra persona; con otra gente… extraña… Me acuerdo las cosas como en cámara lenta. Sé que varias veces perdí el conocimiento y lo que viene antes de eso se ve en amarillo fuerte. No sentía dolor. Creo que por momento bronca, pero tampoco estoy segura…
—Pero no dijiste nada —insistí, rozando con cuidado temas intocados.
La mirada de “mi negra” volvía a perderse; quizás un poco como ese día, tantos años atrás.
—No. No dije nada —respondió con lentitud y una voz inexpresiva—. Pero no hubiera podido. Recién me salieron palabras de la boca horas después de que nos soltaran. Estaba llorando después de ver a mamá, después de los exámenes médicos. No sé… Mi papá me abrazó… Estábamos afuera…
Estaba afuera. Pero nunca volvió a ser verdaderamente libre…


Una gran pena Alberto. Una vida de compromiso como la tuya. Una generación como la nuestra que sufre la decadencia y el deterioro social y productivo de la Argentina desde el Rodrigazo hasta hoy…y sigue….
Te dejo un fuerte abrazo y un cariño grande para tus hijas
Tremenda historia, Alberto. Yo la conocí por su participación en las Juventudes Políticas. Un día me llegó una tarjeta con una foto de ustedes dos, anunciando el casamiento. Me llamó la atención porque no sabía que eran novios. Recuerdo que la tarjeta tenía una frase que en una parte decía: “algunos se casan”. Cada tanto me la encontraba. traspapelada entre otros documentos políticos. Abrazo
Querido Alberto, en esta oportunidad las palabras no alcanzan, solo son aproximaciones de los sentimientos.
Seguramente tu ejemplo de vida, tu coherencia, y esa militancia inclaudicable, ha sido el mejor homenaje que Leonor pudo recibir.
Conmovido, y muy triste, quiero que recibas mi abrazo mas profundo, y auténticamente revolucionario..Tu hermano de la vida
Gustavo Moccero
Tremendas perdida !!!!! Todo mi afecto y un cálido y fuerte abrazo.