El mito de la plaza de Galtieri

Malvinas, una memoria abierta

“Algo convoca en el rumor de la movilización que se acerca. Incluso cuando el
error político es inevitable, como cuando el dictador Galtieri tuvo su Plaza de Mayo
enceguecida”

Beatriz Sarlo2

A 40 años del intento de recuperación de nuestro territorio usurpado, diversos académicos y políticos repiten esta muletilla de “la plaza de Galtieri”, potenciados por los grandes medios de prensa, tan obsecuentes con la dictadura cívico-militar y hoy, portavoces de los intereses corporativos y motorizadores de la desestabilización institucional.

Esta idea de que hubo una “plaza de Galtieri” surgió a horas de la rendición de los mandos militares y es símbolo de una campaña de “desmalvinización” que viene acumulando efectividad y prolongando su vigencia desde el momento mismo en que la dictadura sometió a los combatientes a un  humillante regreso. 

La campaña consiste en maniobras políticas y discursivas que vacían la memoria colectiva del pueblo argentino de la lección anticolonial y antiimperialista de aquellos días y niegan, también, el balance de la lucha antidictatorial de nuestro pueblo. Sin embargo, excepto por algunos esfuerzos dentro del Frente para la Victoria y el Frente de todos, hay pocas voces que se levantan para denunciarla, incluso dentro del mismo movimiento nacional y popular.

En las siguientes líneas, expondré tres objetivos centrales de esta campaña de “desmalvinización” y comentaré brevemente cómo se vienen expresando en la realidad político-social de nuestro país.

  1.  Reducir las atrocidades de la dictadura a aquellos actos que llevaron a cabo los militares y grupos parapoliciales, y ocultar el modo en que estos actores estuvieron inspirados y sostenidos por las grandes corporaciones, varias con origen en Washington y las capitales europeas, cuyos intereses propiciaron y decidieron el resultado de la guerra de Malvinas. Se trata de las mismas corporaciones que se enriquecieron entonces y siguen enriqueciéndose en nuestros días.
  2. Ocultar el modo en el que la OTAN aprovechó la guerra de Malvinas para fortalecer su posicionamiento militar en el Atlántico Sur, así como los intereses militares y económicos que llevaron a EE. UU. y, en general, a los países de la OTAN, a apoyar a Gran Bretaña y decisivamente perjudicar a la Argentina en la guerra de Malvinas. Esta faceta de la campaña de “desmalvinización” refuerza el olvido de las lecciones  anticolonial y antiimperialista que dejó Malvinas con un paradójico “endiosamiento” mediático de esas naciones e instituciones.
  3. Reducir la masiva movilización popular por nuestra soberanía en Malvinas a una marcha de apoyo a la dictadura militar, o a Galtieri, y ocultar que también supuso la expresión de una decidida resistencia a la dictadura que se había ido acumulando en varios sectores del pueblo argentino desde 1976, producto de la cual en 1982 se acorraló a un régimen ya sumido en severas crisis internas.

Dictadura y democracia a través de la “desmalvinización”

Los juicios a los crímenes del terrorismo de Estado y la infatigable investigación de varios organismos de derechos humanos, así como de los familiares de los secuestrados y desaparecidos, profundizaron las denuncias de la mítica Carta de un escritor a la Junta Militar, que Rodolfo Walsh escribió horas antes de su asesinato3. De este modo, contribuyeron a esclarecer la verdad histórica y las responsabilidades de los actores que protagonizaron tristemente la época de la dictadura.

Sin embargo, como mencioné anteriormente, parte de la campaña de “desmalvinización” de los últimos años tiene que ver con ocultar que el plan estatal de exterminio no fue exclusiva responsabilidad de los militares que dieron el golpe, sino también de varios actores civiles, como corporaciones nacionales e internacionales: Ledesma, Acíndar, Techint, Mercedes Benz, Ford, Celulosa, Bunge y Born, Soldati, Pérez Companc, Fortabat, entre otras. 

Los gobiernos neoliberales en la recuperada democracia, todos los “grandes” medios periodísticos –con Clarín y  La Nación a la cabeza– y buena parte de la justicia silenciaron estas responsabilidades civiles, o porque fueron cómplices de ese accionar, o en algunos casos, incluso,  protagonistas. Así, el neoliberalismo económico –impuesto en dictadura y renacido dos veces en democracia– y el desprecio y abandono de la causa nacional por la soberanía en las islas unen al Domingo Cavallo estatizador de la deuda externa privada en dictadura con el Domingo Cavallo superministro de Menem y De la Rúa. Esos rasgos también lo unen con los funcionarios de la gestión de Juntos por el Cambio, impulsores de la derogación de conceptos como “independencia económica”, “soberanía”, “patria” o “integración latinoamericana”.

Valen como ejemplo las “relaciones carnales” del canciller Guido Di Tella, que no se redujeron a las concesiones a los EE. UU., sino que se extendieron al Reino Unido, con una “política de seducción” de los kelpers mediante ridículos envíos de “regalos” y, especialmente, a través del inédito y gratuito reconocimiento de los ocupantes como “tercer actor” en el conflicto. También se puede mencionar el modo en que la administración de Macri destruyó la economía y endeudó el país para favorecer la fuga de capitales de los mismos grupos económicos que se beneficiaron con el resultado de la dictadura y la guerra de Malvinas. 

Este ex presidente rechazó la recuperación de nuestra soberanía en Malvinas porque, en sus palabras, “generaría un fuerte déficit”. En cambio, prefirió seguir beneficiando a los intereses económicos mencionados, a través de ruinosos memorandos de entendimiento y cooperación con Gran Bretaña, que le dieron vía libre a ese país para la explotación indiscriminada de nuestros recursos naturales. Con una base ideológica similar, Patricia Bullrich propuso la entrega de las Islas Malvinas a cambio de un lote de vacunas de Pfizer durante la pandemia.

Esta alineación de los intereses económicos de Gran Bretaña, Estados Unidos y los países que se beneficiaron con la dictadura y la guerra de Malvinas con los de los grandes grupos económicos nacionales que, además, tienen un importante poder político y mediático, es una realidad que la campaña de “desmalvinización” pretende ocultar del debate público y político, y también del alcance de la justicia.

“Desmalvinización” o cómo ocultar la cara sangrienta del imperio 

Durante febrero de 2022, el coro de los grandes medios de comunicación y la oposición política se mostró visiblemente indignado por las decisiones presidenciales de negociar la deuda que Cambiemos contrajo con el FMI y de visitar Rusia y China, en el marco de la grave tensión impulsada por la OTAN desde Ucrania.

Tanto los medios como la oposición distorsionan el enfoque multilateralista  de la actual política exterior y acusan al gobierno de poner distancia con  “nuestros amigos” y “aliados”, Estados Unidos y la Unión Europea. Niegan la realidad de que el endeudamiento es un mecanismo de dominación y dependencia que las grandes potencias económicas históricamente han impuesto a los países menos poderosos.

Las críticas de los medios y la oposición también refuerzan el intento “desmalvinizador” de alinearnos incondicionalmente con los países de EE.UU. y la OTAN, que actuaron como enemigos durante la guerra de Malvinas, a través de su apoyo diplomático y de provisión de armamento e inteligencia a Gran Bretaña.

¿Qué clase de “amigo” propicia los sangrientos golpes de Estado que sufrió nuestro continente e invade 40 veces a los países latinoamericanos durante el siglo XX, como parte de centenares de destructivas intervenciones a diferentes naciones en el mundo? 

¿Qué clase de “aliado” impone el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) –supuestamente para prevenir “agresiones extracontinentales” contra cualquier país del continente–, lo usa para encubrir su intervencionismo en los países latinoamericanos durante toda su historia, pero lo bloquea en 1982, ante el ataque inglés a la Argentina, que fue una verdadera “agresión extracontinental”?

En ese momento, el gobierno de los EE.UU. –que incluía al entonces senador y actual presidente Joe Biden– simuló propiciar una mediación, para luego apoyar expresamente al Estado ocupante y suministrarle las coordenadas de las tropas argentinas, que fueron decisivas para que Gran Bretaña pudiera derribar nuestros aviones y tener la precisión necesaria para asesinar a los tripulantes del crucero General Belgrano, que fue hundido fuera del área de conflicto, en una burla a las gestiones de paz de los entonces secretario general de la ONU y presidente de Perú.

Para combatir en Malvinas, el Reino Unido desplegó el mayor operativo desde la Segunda Guerra Mundial, lo que mostró que su objetivo final en esta batalla, iba mucho más allá de proteger a uno de sus más pequeños y alejados enclaves coloniales. En realidad, se proponía avanzar en su vieja aspiración, compartida con sus aliados de la OTAN, de lograr una posición militar estratégica en el Atlántico Sur4.

Confirma esta afirmación el hecho de que, apenas concluyó la guerra, Gran Bretaña instaló una gigantesca base aeronaval, de comunicaciones y espionaje electrónico, que hace ejercicios militares con regularidad y cada año incrementa su poder con armas de largo alcance, en evidente violación de diversas resoluciones de la ONU, en particular aquella que determina el estatus del Atlántico Sur como Zona de Paz y Cooperación.

La presencia de esta base militar en Malvinas también supone una amenaza y un peligro cierto para los pueblos de todo el continente, en especial ante las amenazas de intervención militar estadounidense en países latinoamericanos. Esta base, a menos de 400 kilómetros de nuestro territorio, bien puede llegar a ser un soporte para la expansión de la OTAN sobre Ucrania, y su participación en futuros conflictos, con la consecuente cercanía a Latinoamérica de los alcances de una eventual confrontación bélica.

A la luz de estas reflexiones, resultan indignantes comentarios como los de Joaquín Morales Solá para La Nación, en el sentido de que “el presidente decidió ofender” a “nuestro principal benefactor”, o que se “abandonó la tradición nacional de estar cerca de Europa y los Estados Unidos”5, enfoque que también levantan otros periodistas de los medios hegemónicos.

Si Malvinas dejó algo claro –y por eso hay tanto empeño en ridiculizar y borrar sus enseñanzas– es que los países de la OTAN eran nuestros enemigos, los mismos que mataron a nuestros compatriotas y los mismos que “educaron” a nuestras fuerzas armadas en la Doctrina de la Seguridad Nacional, tan útil  para la represión interna como inútil para la defensa nacional. Eran las órdenes de Estados Unidos las que cumplía la dictadura al enviar “especialistas” argentinos a Centroamérica para instruir a los militares y paramilitares locales en tortura y “lucha antisubversiva”.

Durante la guerra de Malvinas también se ratificó que, al igual que actualmente, nuestros amigos estaban entre los pueblos latinoamericanos, la despreciada “Patria Grande”, que no vaciló en brindar solidaridad activa, inclusive con voluntarios para el combate, y  entre las 120 naciones del Movimiento de Países No Alineados.

“Desmalvinización” como ocultamiento de la lucha popular durante la dictadura

La Plaza de Mayo no fue del dictador Galtieri y buena parte de los allí presentes no estábamos enceguecidos. Este mito, que repiten varios académicos, políticos y periodistas, omite el importante hecho de que la movilización por la soberanía de Malvinas permitió expresar, en las plazas de todo el país, la conciencia y organización antidictatoriales que un sector significativo de los ciudadanos argentinos había acumulado desde el momento mismo del golpe.

Esta historia oculta de la resistencia civil – que perversamente reducen a  las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que son su heroico e inmortalizado símbolo–tuvo como puntales al movimiento obrero y a las juventudes políticas, que convergieron en la Multipartidaria hacia el final de la dictadura, después de vencer la resistencia del radicalismo balbinista, reacio a cualquier acción conjunta por las libertades y la democratización del país.

Horas después del golpe, los sobrevivientes de las Juventudes Políticas comenzaron a coordinar acciones a fin de recuperar a todos los sectores del movimiento juvenil: sindical, barrial, estudiantil, artístico o de pequeños y medianos productores. De este modo, por ejemplo, se reorganizaron los centros de los colegios secundarios, en los que circulaban decenas de revistas clandestinas. Por su parte, el movimiento estudiantil universitario resistió múltiples intentos de arancelar la educación y, en 1980, logró sumar 20.000 firmas en contra de una de estas iniciativas, aun en medio  de la persecución. 

Asimismo, en un contexto socio-político en el que las huelgas y manifestaciones obreras estaban prohibidas, y eran pasibles de sanción, la militancia protagonizó el trabajo “a tristeza” – tristeza por la represión, las prohibiciones y la explotación–, que fue un primer cimbronazo al régimen. Peronistas y comunistas que dirigieron las primeras experiencias de esta iniciativa en las automotrices, y también trabajadores ferroviarios e integrantes del sindicato Luz y Fuerza, todavía están desaparecidos. Estas acciones de resistencia se profundizaron con la constitución de la “Comisión de los 25” –luego la CUTA– y, en 1980, comenzaron las primeras huelgas generales y las movilizaciones a la Iglesia de San Cayetano, en Liniers, en las que un abanico  multisectorial enfrentó a la represión con la consigna de “Paz, pan, trabajo”, que culminaba con un contundente “la dictadura abajo”.

Por otro lado, entre 1978 y 1980, el centro de los encuentros de la juventud de la Federación Agraria fueron diversas discusiones e iniciativas para rechazar las medidas económicas del ministro Martínez de Hoz, que liquidaban a los pequeños y medianos productores. 

En esos mismos años, se realizaron sucesivos seminarios juveniles de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, en los que se dio a conocer una amplia lista de desaparecidos y se hizo bandera la denuncia de “el delito de ser joven”. A la vez, en 1978, más de 80 organizaciones juveniles –políticas, sindicales, estudiantiles y artísticas– se movilizaron para pronunciarse contra los intentos guerreristas de las dictaduras de Chile y Argentina por el Canal de Beagle. En 1981 se extendieron por todo el país nuevas expresiones de resistencia como Teatro Abierto, Danza Abierta, Música Siempre, Libro Abierto y tantas más.

Como parte de estas y otras expresiones de lucha y protesta, muy brevemente resumidas en estas líneas6, se formaron centenares de comités locales que, en 1979,  marcharon –en cuadras y cuadras de hombres, mujeres y jóvenes– a denunciar los crímenes de la dictadura ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, rodeados por los tenebrosos Falcon verdes, pero también con un sistema de vigilancia y “controles” de cada comisión para garantizar la mayor seguridad posible.

Con estos antecedentes, la convocatoria antidictatorial de la CGT de Brasil, el 30 de marzo de 1982 fue masiva e hirió de muerte al régimen con una batalla campal en los alrededores de la Plaza de Mayo y en otras ciudades del país, dos días antes del manotazo desesperado en Malvinas.

Finalmente, el 10 de abril de 1982, fue esta acumulación de resistencia popular la que inspiró a una parte importante de quienes nos movilizamos a la Plaza de Mayo para reclamar por la soberanía en nuestros términos. De este modo, nuestra movilización fue una expresión más de nuestro repudio sostenido a los crímenes de la dictadura y un nuevo pedido por la democracia.

La mala memoria, ayudada y potenciada por la permanente campaña “desmalvinizadora” puede confundir el balance, pero basta con buscar en los archivos de la época las fotos de la movilización para notar numerosos carteles, firmados por la Juventud Peronista, la Federación Juvenil Comunista o por ambas organizaciones, bajo consignas como “Con las Malvinas recuperar la democracia también” o el estremecedor “Las Malvinas son argentinas; los desaparecidos, también”, que “patentaron” las Madres en su plaza.

Nosotros, y no aquellos que aplaudían crédulamente al dictador –que,  sin duda, también los hubo– fuimos quienes volvimos a enfrentar la represión en las calles para pedirle cuentas al régimen militar a horas de la rendición en Puerto Argentino, e impulsamos una última ola de resistencia que no se detuvo hasta el final de la dictadura.

  1. Esta nota integra el libro “Malvinas: una memoria abierta”, editado por GES, con la dirección de Conrado Yasenza, director de La [email protected] y aportes de Raúl Zaffaroni, Ricardo Aronskind, Vicente Zito Lema, Noé Jitrik, Rodolfo Yanzon, Eduardo Rinesi, Alicia Castro, Ruben Dri, Carlos Raimundi, Luis Bruschtein y otros.
  2.  Sarlo, “Buenos Aires, esa urbe que suscita lealtad”, Revista Ñ, 22/1/2022, p. 13.
  3.  El texto completo de la carta se puede consultar en https://www.espaciomemoria.ar/descargas/Espacio_Memoria_Carta_Abierta_a_la_Junta_Militar.pdf
  4. También en este sentido, Cardoso, Kirschbaum, Van der Kooy, Malvinas. La trama secreta, Sudamericana-Planeta, 1983, p. 27.
  5.  Morales Solá, “La dura respuesta de Washington”, La Nación, 6/2/2022.
  6. Para más detalles sobre este tipo de iniciativas y sobre los procesos a través de los cuales se debatieron y se concretaron, se puede consultar Nadra, Alberto, Secretos en Rojo. Un militante entre dos siglos, pp. 245-50. Corregidor, 2da edición. Buenos Aires, 2015.

1 comentario en “El mito de la plaza de Galtieri”

  1. Estoy convencido de que el Pueblo, único protagonista de la historia, guarda en su memoria la comprensión que este texto destaca con elocuencia. Sin embargo se hace necesario que plumas autorizadas como la de Alberto Nadra dejen testimonio frente al aparato de destrucción cultural y de la memoria que propician los hegemonistas y falsarios. Celebro esta publicación con fervor patriota

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