Mineros: luchando por la vida, respirando la muerte

Pasados 30 minutos de este jueves 14 de octubre todos festejamos el rescate de los 33 mineros enterrados por la avaricia de un régimen que basa su riqueza en la explotación. Mi amigo Fran me dice que denuncie como viven, y mueren esos héroes anónimos. Informan, pocos, que uno de los rescatados es albañil y fue a la mina por el doble de su salario (entonces de 200 dólares mensuales, al momento del “accidente” de 400, poco menos que 1.600 pesos argentinos) y uno de ellos tiene silicosis; que el último en salir por decision propia y con su puño izquierdo en alto, es su lider indiscutido, “el capitan” Luís Urzúa, hijo de un comunista asesinado por la dictadura de Pinochet –a la que todavía elogia Piñera—y cuyo padrastro socialista siguió la misma suerte. Y no puedo evitarlo, pienso en otro octubre, el de 1982, cuando escribí estas notas luego de una semana de convivir con hombres y mujeres muy parecidos a ellos, en el campamento de la legendaria mina de Siglo XX en Bolivia, donde en La Paz fui invitado a la asunción de la frustrada esperanza de Hernán Siles Suazo. Entonces, como ahora, 28 años después, alegría y orgullo mezclado con rabia e impotencia, me dictaron este relato, cuyas páginas –ya amarillentas en mis manos—comparto.

Hay que conocer un campamento minero para descubrir  cuánto pueden extremarse los sufrimientos del hombre.

La pobreza en las minas tiene su propio cortejo en medio de una naturaleza vestida de gris, envenenada por el mineral que contamina el vientre de la montaña, barrida por un frío que a veces supera los 14 grados bajo cero.

Allí, a cuatro o cinco mil metros de altura, la riqueza del mineral se transforma en muerte y miseria; en ese frío, en el regazo de la montaña, donde ni la cizaña se atreve, trabajan los mineros.

Desde Oruro, no sin mucho de emoción llegamos a Siglo XX, el legendario escenario de mil y un combates mineros, el de las masacres que se remontan a principios de siglo y continúan como un hilo rojo en el 65, en el 67, en el 71.

Siglo XX, el sindicato, los mineros que dinamita en mano enfrentaron a ejércitos bien armados y desde el socavón de la mina amasaron la derrota de tantas dictaduras.

Siglo XX se llamó una de las principales vetas explotadas por la “Compañía Estañífera de Llallagua” y luego por la “Patiño”, propiedad de Simón Patiño, quizá el más tenebroso de los “barones” del estaño. El nombre lo han hecho suyo el campamento de viviendas que se formó alrededor de la mina, vecino a la población de Llallagua,  y el sindicato de mineros fundado en 1941, en el que se agrupan 3.000 de los trabajadores de la empresa Minera Catavi, hoy parte de la minería nacionalizada.

El campamento está alineado con la simetría de una prisión; allí viven hombres que muchas veces son bachilleres, en su mayoría mineros de segunda generación, hijos de los campesinos pauperizados que se volcaron a las minas en busca de trabajo.

Obreros con los cuales en el mismo socavón de la mina hablamos, de igual a igual, de lucha y de esperanza, de plusvalía y explotación, de liberación y socialismo. Obreros que difícilmente superan el promedio de vida de 40 años que alcanzan los mineros, quienes a los 31 ya son viejos.

Paramos en la casa de Emil Balcázar, “Ruli”, dirigente de la Juventud Comunista, ex-secretario del Sindicato Mixto (obreros y empleados) de Siglo XX, apenas 32 años y veterano de la resistencia al golpe del narcotráfico. Varias veces golpeado y torturado, celosamente cuidado por sus compañeros  y recientemente reincorporado a la mina. Ruli, siempre con una sonrisa en el rostro cansado, animoso y combativo, del que el general García Meza dijo que iba a “ajustar cuentas personalmente”.

Su vivienda no difiere mucho de las demás. Dos minúsculos cuartos donde debe apiñarse con sus dos niñas –muchos mineros tienen cinco o más hijos–, su esposa y su cuñada.

Las paredes están semidestruidas, y si llueve el agua se filtra provocadora. En uno de los cuartos el calentador y el fuentón para lavarse. El agua hay que buscarla afuera, cuando hay…Los baños, compartidos y colectivos, están muchos metros fuera de la casa; la luz eléctrica tiene horario fijo: de 17 a 7 horas.

En estas condiciones viven y “descansan” los trabajadores para bajar al socavón, frío y humedecido por el goteo constante de un liquido amarillento y maloliente

–“copajira”, le llaman—que quema la ropa del minero y cala hasta los huesos.

En esa oscuridad trabajan “las veinticuatro” (horas) en los tres turnos rotativos de ocho horas a los que ellos llaman “puntas” (la primera “punta” es de 6 a 14, la segunda de 14 a 22 y la tercera de 22 a 6).

“¿Es justo vivir y trabajar así? ¿Te parece que se puede aguantar?”. Estamos en las galerías más profundas y no hace falta preguntarles mucho para que el drama  –y no es exagerar—se dibuje crudamente.

Ningún trabajador de block –el núcleo del sistema obsoleto que tiene Siglo XX y que ya no se aplica en casi ningún lugar del mundo—puede aguantar más de cinco años el infernal ritmo de un turno de ocho horas, en el que hay que colocar una carga de dinamita cada tres minutos.

Cinco años, también, es el tiempo que normalmente tarda en manifestarse en un grado peligroso el temido “mal de minas”, la enfermedad profesional que mensualmente mata a tantos mineros en los hospitales. Pero, ¿qué es el mal de minas? “Las partículas de sílice –nos cuenta Ruli—están en al aire  van matando los pulmones, los van petrificando hasta que ya no pueden cumplir su función. Todos los mineros tenemos esa enfermedad, combinada con al tuberculosis”. Es la silicosis.

Claro, son años de respirar en los túneles donde las partículas de sílice crean una saturación superior al 46%. Son años de mala alimentaciónmiseria, de poca y ninguna seguridad en el trabajo, de insuficientes y muchas veces inútiles equipos de prevención, como las mascarillas que nadie usa. Son muy jóvenes pero se los ve demacrados, con fatiga constante. El rostro se les va marcando con un tinte morado y es que el veneno ya está firmemente incrustado en los pulmones. La mujer del minero sabe que cuando su compañero empieza a toser el fin está cerca y la muerte es horrible: asfixia.

Este es el destino de la mayoría. Incluso de los que después de muchos años de tremendo trabajo buscan reintegrarse a la sociedad y no alcanzan a completar el trámite jubilatorio antes de caer fulminados. “Y todo por 45 peso diarios”, nos dicen, casi no gritan en la mina, donde se están realizando asambleas por sección para discutir el salario y el desabastecimiento de pan, carne y demás productos.

Para conseguir un poco de carne, pan, arroz y azúcar, muchas veces el marido y su esposa deben turnarse en las colas que arrancan desde la noche anterior frente a la pulpería. Estos productos, que ahora escasean y a veces no llegan a los trabajadores, son parte de una conquista arrancada por años de lucha y que no pudo se barrida ni por las más brutales dictaduras: una parte del salario se paga en especies, a un precio congelado, y garantiza una porción del ingreso real.

Sin embargo, un minero tiene un jornal básico promedio de 40 o 45 pesos por jornada, cuando un tarro de leche cuesta 180, una arroba –aproximadamente 12 kilos—de papa 750 pesos, y un diario 20 o 25. La dosis diaria de pastillas para la tuberculosis llega a 500 pesos.

Sólo el salario en especie garantiza la subsistencia de los mineros. Sus necesidades se calculan en 40.000 pesos mensuales, pero el ingreso apenas supera los 6.500, incluyendo beneficios extras, premios y las boletas de las pulpería. Poco más de 30 dólares.

Estas son las condiciones de vida de los trabajadores que a lo largo de este siglo han producido miles de toneladas de estaño, incalculables riquezas que para ellos siempre fueron sinónimo de dolor, desesperación y muerte. En esas condiciones ha crecido una combativa tradición que arranca de los albores de la lucha proletaria en Bolivia.

No es casual. El reconocido papel de vanguardia de los trabajadores mineros de Siglo XX tiene una base objetiva. En total la Catavi enrola a más de 5.000 trabajadores, agrupados en dos sindicatos –Siglo XX y Catavi—por razones productivas. Representan la más importante concentración obrera del país en una sola empresa. Son los principales productores de la exportación fundamental del país, el estaño; y finalmente, forman parte de un gran complejo industrial que los habitúa a la disciplina y la organización.

Aparte de los obreros regulares, muchas veces en condiciones aún más difíciles, está un conglomerado de casi 5.000 trabajadores “subsidiarios”, agrupados en los sindicatos “20 de octubre” –de locatarios y veneristas—y Canaleta Lamas. Los locatarios, surgidos principalmente de los desocupados y cesantes, no están sometidos a al disciplina de los regulares pero tampoco cuentan con muchas de sus conquistas sociales.La empresa no invierte un solo centavo, compra el material y se libera de cualquier responsabilidad con quienes lo extraen. Trabajan en condiciones tremendas, con medios ya superados y en mal estado, barreno, pala y picos manuales, y operan dentro de parajes  abandonados, estrechos y semiderruidos donde la muerte ronda a cada instante. Si es en el cerro, en lugares donde el derrumbe es común, llevando al fondo de las galerías toneladas de roca confundidas con sus víctimas.

Este sector súper explotado de los trabajadores subsidiarios ha marchado siempre con los mineros regulares, los más conscientes y organizados, política y sindicalmente.  Es característica –en efecto—la politización, vinvulada a la acción de los principales partidos bolivianos, y particularmente la fuerza e influencia del Partido Comunista; su alto grado de sindicalización.

En el Sindicato, las elecciones se realizan anualmente por voto secreto: cuentan con el cuerpo de delegados, especie de parlamento consultivo integrado por representantes por sección, hasta la máxima instancia de discusión y consulta que es la asamblea general, que se realiza en las puertas del sindicato y en la que la participación llega al 100% e los afiliados.

La heroica tradición de la resistencia minera, se prolongó en base a la unidad y la acción en lucha por el salario y contra la dictadura en los años de García Meza y aportó a la huelga general que terminó con el fascismo narcotraficante.

Hoy, vigilantes, los mineros tienen “esperanza en que el nuevo gobierno va a tomar las medidas por las que venimos luchando, que emprenderá los cambios populares y antiimperialistas”. El que vuele a hablar es Ruli. Estamos en el “block”, a 650 metros debajo de la cima de la montaña, alumbrados sólo por las lámparas de los cascos. De testigo está  el “tío” de la mina, el presunto  “custodio” de lo que pasa, inmensa figura tallada que se repite en las innumerables galerías.

“Está claro que así no podemos ni queremos seguir viviendo. A esto nos condenó e  imperialismo, la burguesía y  las clases dominantes, pero  no va más. No hay soluciones ‘para todos’ como dicen algunos.  Hay que aplicar el programa de la UDP (Unión  Democrática y Popular). Las soluciones tienen que ser a favor de unos –los más, los que hemos sufrido siempre la explotación—y en desmedro de otros, los menos, las clases que hasta ahora dominantes en Bolivia”, dice con cierto desafío en la voz Ruli. Que así sea.

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