“Sigo apostando a un sociedad post capitalista”

Reportaje de Miguel Russo, domingo 16 de diciembre en Miradas al SUR

El dirigente del Partido Comunista hasta 1990 publicó el libro Secretos en rojo. Un militante entre dos siglos donde revela datos desconocidos del marxismo-leninismo en el país. Alberto Nadra fue miembro del Comité Central del Partido Comunista argentino hasta 1990, cuando renunció. Hijo de Fernando, reconocido dirigente del PC y también renunciante ante lo que denominó “la imposibilidad de desestructurar desde adentro el profundo estalinismo en que había caído el Partido”, Alberto acaba de publicar Secretos en rojo. Un militante entre dos siglos, libro donde revela historias casi desconocidas del marxismo-leninismo vernáculo: entre otras, la guerrilla chaqueña que lideraron entre 1938 y 1942, las operaciones de sabotaje a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, el descubrimiento de la “Operación Cóndor”, las decisiones “traicionadas” del XVI Congreso. Un libro donde, como dice, trató de aprender de las derrotas para continuar con la militancia. Un libro que resalta, sin olvidar los 1.500 militantes comunistas secuestrados durante la dictadura, una certeza: “La posición política pública del Partido era indigerible para los luchadores”.
Abandonar el PC parece una vieja constante en el devenir político nacional: tanto que podría decirse que, de existir, el “Ex P.C.” sería el partido mayoritario por excelencia. Claro que no todos salieron de las filas rojas abrazando al capitalismo. “Sigo siendo marxista –dice–, sigo creyendo en la necesidad de una sociedad poscapitalista, que no se base en los principios de explotación.”


–¿Se puede dejar de ser marxista?
–Se puede dejar de ser marxista como uno puede dejar de ser de Boca o de River. Diría que, en algunos aspectos, los que dejaron de ser marxistas, en el sentido que no practican el marxismo como militancia, si se formaron en la filosofía, en la dialéctica, en esa sistematización que es la única manera de entender al mundo, lo que hicieron fue dejar de ser militantes para convertirse en grandes empresarios y ejecutivos.


–¿No es lo mismo?
–No. Utilizan una visión que la formación empresaria clásica en el mundo y en la Argentina (neoliberal, ortodoxa, neoclásica) no tiene: la dialéctica. Y con ella como centro, vienen los grandes saltos del capitalismo desde el punto de vista de innovaciones importantes como la calidad total y los conceptos de organización de empresas modernos. Todo eso viene del marxismo y de los conceptos dialécticos que tiene que ver con el concepto de sistema, la intervinculación, con los elementos subjetivos, la identificación, la mística. Hay muchas cuestiones que tiene una visión marxista aunque el que la practique no sepa que es una técnica marxista o un enfoque marxista del problema. Se incorporaron a los mejor logros y, paradójicamente, sirvieron para que el capitalismo derrotara en términos económicos al socialismo, que no los aplicó en elementos teóricos.


–Cambiemos la pregunta, entonces: ¿Se puede ser marxista y seguir estando en el Partido Comunista Argentino?
–Yo no le quito el derecho a nadie de sentirse marxista y estar en cualquier lugar. En el Partido Comunista, en el Partido Obrero, en el trotskismo, donde sea. Particularmente, yo creo que buena parte de la dirigencia del comunismo argentino dejó de ser marxista porque perdió su capacidad de análisis concreto de la realidad concreta. Perdió la capacidad de evaluar la relación de fuerzas más allá de su voluntarismo, de sus sentimientos personales. No tuvimos nunca en la Argentina un marxismo que realmente pudiera abrevar en las raíces culturales, históricas, filosóficas de nuestro país y en la Patria Grande latinoamericana. Es decir tantos hombres como el peruano José Carlos Mariátegui o el cubano Julio Antonio Mella, que aportaron tanto para una visión del marxismo que expresara nuestro origen e identidad no europea, fueran tan ignorados por estos sectores.


–Tomemos como ejemplo, el caso de Mariátegui: ¿por qué estuvo casi prohibida su lectura en el Partido Comunista argentino?
–Hay problemas anecdóticos y de fondo. Anecdóticos podrían ser que en la primera reunión de la Internacional en Suramérica, Orestes Ghioldi, un cuadro duro de la Internacional, tuvo un fuerte enfrentamiento con Mariátegui sobre la cuestión latinoamericana. Es una parte de la explicación. ¿La explicación de fondo? Yo creo que se sustentan en las concepciones profundas del marxismo de Mariátegui, en su enraizamiento con nuestra cultura. El desarrollo de ese pensamiento hubiera implicado un distanciamiento de la Unión Soviética. Si el Partido Comunista se distinguió por algo fue por el alineamiento automático y cerrado. Era el mismo entramado de la Internacional, superior incluso a la de algunos soviéticos. Nos mató el dogma. Sin embargo se repetía la frase hasta el cansancio: “El marxismo no es dogma sino una guía para la acción”. Lo concreto que hacíamos era repetirla. Venía de las academias de ciencias, los manuales de filosofía, del materialismo histórico y dialéctico y forzábamos las categorías para ver cómo las adecuábamos a la realidad.


–Sin embargo, hubo quienes dijeron no a esos clichés, muchos que pensaban de otra manera o tenían intenciones de hacerlo…
–Y así hubo muchos en el Partido que se fueron. Y muchos otros que nos quedamos. Los que se fueron fue porque sintieron que no había un camino que se desarrollara dentro del PC. Y los que nos quedamos sentíamos que no podíamos apartarse de lo único que era la realización real del mundo que soñábamos. Parecía como el abandono del gran barco de la revolución que, con todas sus contradicciones, finalmente se abriría camino. Muchas veces, esa forma de pensar y resistir nos sirvió para sobrevivir, ya que estando en la cárcel, perseguidos o sufriendo la muerte y el dolor de tantos compañeros, funcionaba esa inclaudicable fe del viejo topo de la historia como impronta positivista. Esa fe ciega en el progreso era una ley científica.


–¿Entonces?
–Y entonces, que ahora sabemos que el mundo está abierto para las posibilidades de cambios revolucionarios y que en algún momento se volverá a plantear la construcción de una sociedad no capitalista. Yo sigo apostando por una sociedad no capitalista. Llámese socialismo o no. Pero también sabemos que estamos abiertos para las peores pesadillas. No es que el mundo va a avanzar indefectiblemente. Puede retroceder y hasta desaparecer, como ocurrió en algún momento. Entonces, todo depende, mucho más que cuando teníamos esa fe ciega, del compromiso, de la participación, de ser consecuentes con esa creencia de que la militancia es el instrumento de cambio de la sociedad para avanzar.


–¿Cómo entiende las políticas de apoyo y alianzas realizadas por el PC a lo largo de los últimos 70 años?
–Básicamente, creo que la relación entre el Partido Comunista y el peronismo siempre fue muy compleja, entre los que planteaban apoyos incondicionales y los que planteaban el gorilismo más extremo. La compresión de la historia argentina no se hace al margen del peronismo realmente existente, y eso es algo que el PC finalmente incorporó. Mi padre fue uno de los primeros en observar este fenómeno, y lo pagó caro. Podía avanzar en un sentido mayor aun más de lo que hizo. Había sufrido la parte represiva del peronismo, algo que reconocieron los mismos peronistas. No es ninguna novedad. A su vez no vio nunca cuáles eran sus propios errores. Es falso lo que dice un sector de la historiografía nacional, que el PC apoyó el golpe de 1955. Es más, se calla que llamó a tomar las armas para enfrentarlo. También es cierto que no todos los militantes estaban de acuerdo con semejante decisión.
–Saltando mucho en el tiempo, la alianza con el Justicialismo para las elecciones de 1983 disparó no pocas discusiones dentro del PC… 
–Discusiones que continuaron y, entre otros temas, definieron la escisión del PC y el PC Congreso Extraordinario. Los que se agruparon en esa parte que se separó años después de mi renuncia no fueron precisamente los protagonistas de la renovación para democratizar y dar un sentido más nacional y popular. Pero sí se reunían allí muchos de los que opinaban que se debía apoyar al peronismo en toda condición y circunstancia. En aquel 1983 quedó claro que había que apoyar muchos de los candidatos peronistas. No había que apoyarlo a Raúl Alfonsín porque era una cosa muy light para lo que veníamos planteando nosotros desde el golpe de Estado del ’76. El planteo del preámbulo de la Constitución Nacional era volver a 1853. Era muy revolucionario para enfrentar al genocidio, pero para alguien que aspira a una sociedad justa, soberana y económicamente independiente, obviamente no alcanzaba. Pero era más retrógrado apoyar a un Luder que no sólo tenía los antecedentes conocidos previos al golpe sino que se estableció la condición de no aceptar ningún acuerdo de alguna de las concesiones programáticas de los comunistas. Aquel justicialismo planteaba aceptar la autoamnistía que habían declarado los milicos.


–De acuerdo, pero con el primer peronismo, la alianza fue en la Unión Democrática…
–La unión democrática fue un gran triunfo de la derecha porque logró ubicar una falsa antinomia, que fue que de este lado venía la democracia y del otro lado el fascismo. Tanto desde allí, como desde el peronismo, favorecieron a la derecha y el pueblo quedó partido al medio. El fascismo de aquel peronismo prohijó tipos como Queraltó, Osinde, años después, López Rega y otros personajes en el conurbano que más vale no recordar. Esos tipos quedaron allí disimulados entre lo mejor del peronismo. El socialismo y el comunismo que participó en la Unión Democrática tenían intenciones de transformaciones democráticas de la Argentina y defensa de los derechos de los trabajadores. Pero la oposición fue hegemonizada por la derecha conservadora oligarca, la misma que hegemonizó, en última instancia, la etapa de mando del peronismo. Esa derecha plantó sus bases, a pesar de la oposición de algunos partidos, a pesar de enfrentar el golpe de Estado, a pesar de las críticas por los fusilamientos y la masacre. Hoy, la derecha está buscando lo mismo, que de nuevo se parta el país, el campo popular. Si bien creo que el campo popular siempre va estar definido por un sentido que favorezca o no a los intereses de la clase obrera y los sectores más desprotegidos, es indudable la alternativa a favor de este gobierno. Y eso es lo que define históricamente de qué lado está el movimiento nacional y popular. ¿Por qué se lo tenemos que regalar al enemigo? No son lo mismo los organismos agrarios tradicionales apoyando el paro patronal por la 125 que los movimientos como Barrios de Pie que también apoyaron, pelearon y discutieron cuestiones que no fueron reconocidas. La política tiene esa dinámica. Eso es lo que tenemos que comprender los que queremos que este proceso avance y se profundice.


–¿En las culpas de los errores del PC incluye a dirigentes y a militantes?
–A ver, si lo tomamos desde un punto de vista marxista, de clases, lo primero que tenemos que pensar es que un partido que se reivindica, aunque no logre serlo, el partido de la clase obrera, no es de ninguna manera un partido de la burguesía. Hay una larga historia de persecución al Partido Comunista con gobiernos militares y democráticos hasta la última apertura. Hubo sesenta años de ilegalidad del PC. La burguesía siempre atacó lo que era la idea del socialismo y ni hablar de la Unión Soviética. Lo que pretendemos es el cambio de régimen social por más que estuviésemos equivocados. Eso le servía a la burguesía y nos aislaban cada vez más: nos perseguían porque éramos un peligro concreto. Y como no fuimos un partido burgués tampoco fuimos un partido del gobierno. De nuestro lado, debemos asumir la incapacidad de haber tenido figuras de relieve suficiente que excedan a la militancia común. Si se le pregunta a cualquier argentino por algún héroe del partido comunista o por cualquiera de los nombres de los 150 comunistas asesinados durante la dictadura, no va a saber ninguno. Y esos tipos fueron y son héroes de la lucha popular de todo el pueblo argentino. No los van a conocer porque no hubo oportunidad, nunca aparecieron en los diarios. No se puede llegar a ser un ícono de un partido marginado, perseguido. La ideología reinante, siempre, fue hacer pensar mal de los comunistas.

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