De “Motín de los colchones” a “Masacre en el Pabellón 7°”

Nadie es capaz de matarte en mi alma…”Pabellón séptimo, de Carlos “Indio” Solari
“Mientras no haya justicia, el fuego seguirá quemando”

   Tremenda, impactante, la frase colocada este 14 de marzo cuando se cumplieron 35 años de este eslabón de una cadena de horrores,  en la que al menos 65 presos murieron asfixiados, calcinados o baleados en la cárcel de Devoto me pega, arde en mi piel, aun cuando un frío gélido me recibe al salir del Centro Cultural San Martin, hoy, 10 de agosto de 2013, hace pocas horas, luego de la presentación de Masacre en el Pabellón 7°, de Claudia Cesaroni.  

Ya son las primeras horas del 11, un día trascendente.  

Mi compañera y una de mis hijas duermen, pero a mí me desvela el pensar que mañana, con toda razón., todos estaremos pendientes del resultado electoral, pero al precio de siquiera tomar nota de esta herida, facilitando sin querer la tremenda dificultad de juzgar y condenar a los culpables, que lo son de delitos de lesa humanidad, pues no debe haber diferencia entre estos asesinatos y los cometidos durante la dictadura militar.  

Conozco el caso, he leído y releído “políticamente” el tema, pero me decido a escribir para exorcizar otro de tantos fantasmas que agitan mi vida, fantasmas por lo hecho y  por lo no realizado, por lo luchado y no concretado.  

Sin embargo, me digo, soy un privilegiado: sigo indignándome ante la injusticia, sigo rebelándome frente a ella y, sobre todo, no renunciaré a mis sueños de una nueva sociedad. 

¿Qué cambió, o al menos que cambió en mí en apenas una hora de presentación del libro de Claudia, que aún no he leído pero con una primera mirada percibo como un relato vivo, documentado, con una prosa cuidada para otorgarle un ritmo vertiginoso, que ya me hace difícil abandonarlo?  Sucede que otras cosas suceden cuando veo, escucho, saludo emocionado al sobreviviente de la masacre, Hugo Cardozo, quien relató a la brillante y aún más valiente abogada criminalista, que lo que el mito oficial terminó rubricando como un motín con quema de los colchones colocados por los presos contra la puerta, en realidad fueron encendidos con nafta arrojada desde la galería por la propia guardia. “Gracias por recordarnos, aunque duela”, le dice a Cesaroni.“El libro es un trabajo colectivo” afirma desde el panel la joven Claudia (a quien tuve el orgullo de ver crecer como ser humano, escritora y abogada), en un homenaje a todos los que bregan día a día por esclarecer la verdad, mostrar la realidad de esas muertes, que como tantas otras son disimuladas, escondidas, enterradas por el siniestro aparato represivo, muchas veces con la criminal inocencia de una sociedad que pretende quitar a los prisioneros “comunes” el carácter de sujetos de derecho, y aún de seres humanos.  

Precisamente, en la presentación, es éste último aspecto es el que desarrolla Daniel Barberis, preso en aquel entonces en la misma cárcel, pero en otro pabellón. Lo hace desde la vivencia, sin ninguna pretensión teórica ni diseño académico, pero dueño de una claridad y contundencia oratoria que le envidiarían varios de quienes hoy van a “internas”, e impulsor de SASID (Servicio de Acción Solidaria Integral de Detenidos), bajo cuyo auspicio relató y reflexionó en el libro Los derechos humanos en el ‘otro país’ (1987), con prólogo de Eugenio Zaffaroni y trabajos de Luis Frontera, Elías Neuman y Alfredo Moffatt.  El tercer panelista fue Nacho Garasino, director de El túnel de los huesos , quien hace pocos años describe una increíble, pero real fuga que se produjo en la cárcel de Devoto en 1991, dirigida por “la Garza” Sosa, durante la cual, en la excavación que los llevó a la libertad encuentran gran cantidad de huesos humanos. El guion, elaborado sobre una investigación del periodista Ricardo Ragendorfer, asegura en boca de Raúl Taibo, su protagonista, que los prófugos sellaron un pacto con los muertos: si lograban huir harían pública su existencia… 

Su existencia, pero no el esclarecimiento de la variedad de rumores que se entretejieron y confundieron: desde restos ocultos de la última dictadura a presos “comunes” que nunca fueron encontrados tras la represión sangrienta del motín. 

Pero es Cesaroni, en este libro, junto a sus colaboradores y denunciantes, quien cumple el pacto con los muertos, y con los vivos, juzga un sistema de justicia y penitenciario que aún produce hechos aberrantes, y nos exige llevar adelante una tarea ineludible: memoria, verdad y justicia.  

Hace pocos días, en la página CEPOC (Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos), del que es presidente, Claudia realiza el breve relato que reproduzco, y que seguro –al igual que yo—verán con otros ojos al empezar a conocer la historia. Para llegar al final, hay que leer el libro, y apoyar su lucha. 

De Claudia:

El 14 de marzo de 1978 murieron quemadas, asfixiadas y/o con balazos en la cabeza, más de 65 personas en el Pabellón 7 de la Unidad 2 de Devoto.   Lo que se inició como una protesta frente a una feroz represión, y culminó con la muerte de personas desarmadas, desesperadas y humeantes se llamó “Motín de los colchones”. La causa judicial viajó entre la justicia federal y la ordinaria, y finalmente, el 30 de julio de 1979, el entonces Juez de Instrucción Jorge Valerga Aráoz decretó un “sobreseimiento provisorio” que la desidia, la falta de interés y el tiempo transformaron en definitivo.  

Las torturas y asesinatos cometidos a los presos comunes durante la dictadura, incluyendo la masacre del 14 de marzo de 1978, quedaron impunes. Ningún guardia penitenciario de los que mantuvieron las puertas cerradas mientras los presos gritaban desesperados; ninguno de los que disparó desde las torretas a los que se treparon a las ventanas buscando un poco de aire puro; ninguno de los que golpeó a los sobrevivientes mientras los llevaban a las celdas de castigo, cumplió ni un solo día de detención: los únicos imputados de esa masacre fueron los propios presos sobrevivientes, como suele pasar en la mayoría de los mal llamados “motines”.  

Elías Neuman, que era el abogado de uno de ellos, escribió en 1985 un libro valiente e imprescindible: “Crónica de muertes silenciadas”. En 1987, Daniel Barberis, que estaba preso en Devoto ese 14 de marzo, pero en otro pabellón, escribió también sobre aquel día, en un libro que se llamó “Los derechos humanos en el otro país”. Ambos relataron hechos que, en sustancia, son los mismos que sufrieron durante la dictadura miles de presos políticos y desaparecidos en cárceles y centros clandestinos de detención, y por los que se están realizando los juicios de lesa humanidad. La única diferencia, lo único que distingue a aquellos más de 65 muertos asfixiados, quemados y baleados, es que eran presos “comunes”. Estaban en ese pabellón por cometer pequeños delitos, mínimas incivilidades, o por violar la ley de estupefacientes. El Indio Solari escribió la canción “Pabellón Séptimo” en homenaje a un amigo muerto, y “Toxi Taxi”, en la que describe su enorme crimen: consumir drogas.  

Las presas políticas que estaban en un pabellón cercano al Séptimo vieron el humo, escucharon los gritos, olieron durante días y meses el espantoso aroma de la carne quemada. Temieron por su vida, pero esa vez no fueron por ellas. Esa vez, ese 14 de marzo de 1978, a tres meses del Mundial, los penitenciarios solo mataron presos comunes. Y por eso no se llamó a ese hecho delito de lesa humanidad, no se buscó a los responsables, no se los juzgó. Por eso no hay en el pabellón séptimo de Devoto, ni en la puerta de la cárcel, una placa que recuerde que en ese lugar se ejecutó el terrorismo de estado en una de sus máximas expresiones.  

Algunos pensamos que sí fue un delito de lesa humanidad, y que es necesario reabrir esa causa, buscar a los responsables, juzgarlos y condenarlos, y recordar a las víctimas. Creemos que hay que hacerlo para que se pueda revisar un aspecto del terrorismo de Estado que se ejecutó sobre toda una población -los llamados presos comunes-, que hasta el momento no ha sido analizado, y también porque hoy, en el presente, los sufrimientos y torturas que se ejecutan sobre las personas privadas de libertad tampoco parecen importar demasiado, salvo para las víctimas, sus familiares y algunas pocas organizaciones sociales y de derechos humanos. ¿Cómo se entiende sino, que no exista a nivel del poder ejecutivo nacional ni una sola dependencia que se ocupe del tema, ni un solo programa de prevención de la tortura, ni un teléfono que reciba las denuncias?
  
Es necesario construir un puente entre las violaciones de derechos humanos del pasado y las del presente. Porque no es lo mismo, por supuesto, una dictadura feroz que una democracia imperfecta. Pero es preciso entender, de una vez, que el dolor de la carne lacerada es el mismo. 

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