Dos respuestas a Juan Gelman

Hace hoy 10 años, el 13 de julio de 1997, Página/12 dedicó su extensa Contratapa dominical a la nota “Culpa y responsabilidad”, de su columnista Juan Gelman.

Fueron 7.114 caracteres en los que mezcló una justa condena a la desmemoria/desconocimiento que entonces primaba acerca de las víctimas/sobrevivientes de los crímenes dictatoriales con afirmaciones infundadas y acusaciones personales, que por esos días eran cotidianas en sus columnas.

Respondí de inmediato, con similar extensión, y consciente lo “políticamente incorrecto” de confrontar con el renunciante ex dirigente montonero, una figura casi intocable en el campo de las letras, respetado como poeta por muchos de mis mejores amigos y compañeros.

Casi un mes después, el viernes 8 de agosto, Martin Granovsky me llamó desde la Redacción para informarme que el texto se publicaría al día siguiente, pero “por razones de espacio” se reduciría a la tercera parte.

Recién ese domingo, 10 de agosto de 1997, comprendí que la mutilada publicación en realidad servía como disparador para “Síntomas”, la réplica de Gelman que ya estaba editada y lista para publicar.

A lo largo de 8.000 caracteres que pudo madurar durante casi un mes en México, el laureado poeta personaliza su escrito, se equivoca en las citas, y reitera falsas acusaciones, con el agravante que algunas de ellas refieren a párrafos de mi nota que fueron suprimidos en la versión impresa por el diario.

Brevemente, esa misma tarde envié otra réplica, la que jamás fue publicada por Página/12.

Aquí comparto, íntegros, mis dos textos.

Los de Gelman, con amplia difusión, están a disposición en el matutino.

Primera carta abierta a Juan Gelman

Es doloroso ver que en este país lacerado por esos fuertes golpes de la vida que describía Vallejo en “Los Heraldos Negros”, otro poeta como Ud., utilice esas heridas para entremezclar intencionadamente tanto verdades como mentiras y ocultamientos.

            Me refiero a su Contratapa, publicada en Página/12 el domingo 13 de julio de 1997.

            Junto a reflexiones acerca de la “Culpa y la responsabilidad” en la Argentina de hoy, que bien podríamos suscribir, por lo menos en los interrogantes acerca del porqué de la sordera de la sociedad a los reclamos de las víctimas del genocidio dictatorial, o la insensibilidad ante el olvido y la impunidad decretada por gobernantes y muchos gobernados, hay afirmaciones que lastiman, por su injusto y arbitrario resentimiento.

Me duelen y me resulta muy difícil creer que un poeta de su talento, un político formado como Ud. (ex-comunista y ex- dirigente de Montoneros), las realice sin intención de dañar conscientemente.

El crimen sobre sus seres queridos no lava sus propias responsabilidades ni le otorga impunidad para difamar a quienes, fallecidos, ya no pueden defenderse.

Señala, correctamente, pero con sugerentes omisiones, la responsabilidad de una parte de la dirigencia política y su complicidad con la dictadura, ignorando el papel jugado por otros valientes y lúcidos exponentes de esos mismos partidos, que se jugaron en las denuncias y en los reclamos en los tiempos más difíciles.

            Ud. lo calla, reservando de hecho ese lugar a las organizaciones político-militares, o a las pocas humanitarias que merecen su aprobación, con lo que falta a la verdad en más de un sentido. Tanto en el papel, o falta de papel, que las primeras jugaron en la lucha por los derechos humanos en el país, como en sus nefastos antecedentes de burla y subestimación de las sacrificadas e históricas organizaciones de derechos humanos, que le parecían inútiles cuando proclamaba que sólo había que “jugarse” en las confrontaciones armadas.

Nada dice, tampoco, de la posición de Montoneros y la suya personal en el desprecio suicida del peligro de golpe, cuando no la acusación directa, a quienes lo advertíamos, de “hacerle el juego a Isabel” y a la derecha, “agitando el fantasma” de un golpe que “ya se había dado” con la triple A.

¿Nada de eso recuerda Sr. Gelman? ¿Olvida su responsabilidad? Sí, la de Ud. personalmente, en las decisiones que terminaron con la muerte de tantos cuadros y militantes, antes y después del golpe.

            El desprecio a la política, a los políticos y a la misma democracia parece ser el mismo de entonces. ¿No aprendió nada? ¿Fue lo mismo la “democracia burguesa” que la posterior dictadura militar, como recitaba? ¿Nada hay para revisar en su propia trayectoria política, para que pontifique desde su altar como un renacido dios griego, repartiendo bendiciones y condenas con la misma soberbia de los años 70?

En la mía, por lo pronto, hay, y mucho. Y, aunque también hay orgullo, es suficiente para tratar de evitar hablar desde ninguna tarima.

            A Ud. lo subleva la “poca o ninguna comprensión” que la sociedad le brinda a los sobrevivientes de los campos de exterminio de la dictadura, en relación a la que ampliamente dispensa a aquellos que, siendo dirigentes partidarios, ocuparon intendencias y embajadas. Compartiría la apreciación si no pensara que es aún más grave: a una parte importante, yo diría mayoritaria de la sociedad, no le preocupa hoy ni lo uno ni lo otro.

Lamentablemente, tanto la escasa crítica a los dirigentes cómplices, como la defensa o sospecha de los sobrevivientes pertenecen al mucho más estrecho número de los que alguna vez militaron, o actualmente militamos activamente en política o en la defensa de los derechos humanos.

            Pero no se trata de matices o enfoques distintos, sino de una intencionada y absoluta actitud desinformadora acerca de lo que pasaba en el país durante su exilio, cuando Ud. pone en la misma bolsa a los cómplices (con pocas citas y muchas omisiones) con aquellos (éstos pocos, sí, con nombre y apellido)  que aún con posiciones políticas discutibles cumplieron una heroica lucha por presos y desaparecidos, desde el momento mismo del golpe, las más de las veces sin ser familiares directos de las víctimas.

            Es el caso de mi padre, Fernando Nadra, fallecido en 1995, a quien Ud. nombra obsesivamente en cuatro (4) sucesivos artículos con sospechoso y reiterado rencor, que casi supera el de los recientes “descubrimientos” que el menemismo del indulto realiza acerca del pasado procesista de algunos periodistas.

Es también el ejemplo de otros dignos militantes, abogados y activistas designados a la defensa de los derechos humanos, quienes como la abogada comunista Teresa Israel pagaron con su vida su lucha por la libertad y dignidad, sin cuestionar la filiación política del detenido o secuestrado por el que salían a jugarse.

            Ud., Sr. Gelman, no tiene derecho a ocultar y desconocer que, a horas de producido el golpe, contra el que Nadra luchó antes que se concretara (mientras era casi deseado por usted y otros dirigentes con la irracional consigna que “aclararía las cosas” y haría “patentes las contradicciones”), mi padre fue uno de los impulsores de esas acciones, personales y multipartidarias, contra los secuestros y por la libertad de los presos. Que recorrió, sin medir consecuencias, cuarteles y comisarías para salvar -en no pocos casos- a hombres, mujeres y jóvenes, que hoy integrarían las listas de desaparecidos.

Si estuviera en el país, y tuviera los ojos y los oídos sensibles para otra cosa que no sea su “vox dei”, hubiera podido ver a algunos de esos sobrevivientes -que ahora tanto le preocupan- acompañándonos cuando falleció hace ya casi dos años, dándole su último adiós con lágrimas en los ojos.

            Aquellos años no fueron fáciles para ningún militante. Hubo muchos que partían forzados al exilio. Otros quedaban, sin que les falte razón, paralizados por el temor. Estaban, también, quienes cerraban sus bocas en indigna, aunque prudente expectativa, incluyendo algunos que se habían reído del “peligro golpista”. Y unos pocos se convertían en reales cómplices.

            Ud. tampoco puede desconocer de buena fe que Nadra, como tantas veces en su militancia, surcada de cárceles, tormentos y persecuciones, luego de “nacer rico para morir pobre”, como alguien recordara después de su muerte, engrosó las tristemente famosas “listas negras”, sus libros fueron prohibidos y quemados, que su vida -como la de cada integrante de su familia- fue amenazada puntual y reiteradamente. Que no abandonó el país, pese a que sus propios amigos le aconsejaron hacerlo y nada le impidió ser uno de los pocos dirigentes que organizó y luego participó, de las entrevistas con la comisión de derechos humanos (CIDH) de la OEA. Allí presentó denuncias colectivas valoradas como “esenciales”, y que luego permitieron procesar, aún antes de la CONADEP, a personajes como Bignone, Franco, Chamorro y otros.

            ¿Qué verbalmente defendió –con el énfasis que lo caracterizaba– las lamentables posiciones oficiales del PC?  En los hechos, eso no le impidió ponerse al frente de la mayoría de tantos militantes activos del partido, quienes a excepción de unos pocos y encumbrados dirigentes “reales”, impulsaron la lucha sindical y por los derechos humanos, a un costo de 1.400 comunistas presos, más de 500 secuestrados, y 130 desaparecidos y asesinados. Lo reconocen y lo valoran familiares de desaparecidos y dignos luchadores de los derechos humanos como el fallecido Lucas Orfanó, Emilio Mignone, y otros.

¿No sabe Ud., cuando pide autocríticas, que, pese a esta valiente lucha, y varios años antes de renunciar a partido al que dedicó su vida, ese hombre fue el autor de la más contundente (y quizá excesiva mirando su espejo Sr. Gelman), autocrítica personal que se conozca por parte de un político argentino, del pasado y el presente? 

            ¿Es que Ud. no otorga la comprensión que pide? ¿Es que no valora que, por respeto a sus dolores, y a pesar de tener los nuestros, hayamos evitado hasta ahora recordarle que esa autocrítica que reclama no se la hemos visto publicada a Ud. mismo en sus fulminantes contratapas?

            Ud., Sr. Gelman, no puede condenar a toda la dirigencia política argentina con generalizaciones injustas, y menos como si no hubiera formado parte de ella. Recordar que integró la romántica generación de las utopías y los sueños, la de los golpes de Vallejo diría yo, pero olvidar que fue parte de la dirección de una organización que junto a heroicas acciones también fue responsable de mucho dolor y muerte.

            Quizá, Sr. Gelman, Ud. haya superado ese desprecio por la “democracia burguesa” que compartíamos buena parte de los integrantes de las destrozadas generaciones de los 60 y 70, convencidos que era solo un “espacio de acumulación de poder” como en mi caso, o ni siquiera eso, como entiendo que fue el suyo, y aun así -paradojas de los años de fuego- una de las causas de las diferencias políticas entre las organizaciones a las que Ud. y yo pertenecimos en ese pasado, y a las que ya no pertenecemos en el presente.

            Pese a que ahora Ud. reivindica el democratismo, así sea negándole esa vocación a quienes critica, no parece más que una pose de adecuación a las necesidades del discurso y la época. Casi con una pizca de ese “posibilismo” que condena y ojalá pudiéramos concretar en un “posible” mundo más justo, un “posible” castigo a los culpables del genocidio y por qué no, ya que tantos errores cometimos todos, un poco de “posible” autocrítica y modestia, que no perjudica nuestros ideales, ni nuestras razones, si es que las tenemos.

También -me permito sugerírselo- un poco de respeto por la lucha ajena, que en muchos casos ayudó a salvar a sus propios ex-compañeros, sin descargar entre los que aún soñamos la furia cruel de nuestros perseguidores. Esa suerte de “condenas a muerte” políticas que buscan escribir y oficializar otra falsa historia, quizá una rémora de aquel juzgar y condenar, también a muerte, que esa caricatura final de lo que una vez fue el “Ejército Montonero” llegó a extender a sus filas y a militantes del campo popular.

Segunda Carta Abierta a Juan Gelman 

             Lo primero que sorprende de la extensa Contratapa de Juan Gelman (10/8/1997) es que cite conceptos de mi nota que no figuran en la versión publicada (9/8/1997), sino en la original, que los amigos de Página/12 redujeron por “razones de espacio”.

            Dice de mí que “lee poco y recuerda menos”. Pero es Gelman quién se vio obligado a reconocer “la fea jugarreta que me hizo la memoria” (16/7/1997), cuando irresponsablemente acusó de cómplice de la dictadura a un dirigente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

   Para reparar algo de mi poca lectura y peor memoria, me remite, con indicación de las páginas correspondientes, al libro “Soldados de Perón. Los Montoneros”, de Richard Gillespie.

Después de releerlas atentamente, debo agregar lo que en su momento no quise, para no rebajar la polémica: que efectivamente Gelman era dirigente del Movimiento Peronista Montonero, que su ruptura fue en 1979, en lugar de 1978 como informa erróneamente de sí mismo, y que, con su compañero de disidencia, Rodolfo Galimberti, se co-apropiaron de 68.750 dólares. ¿Cuál parte debo recordar?

            Me informa que por ello sufrió “una grotesca condena a muerte por la conducción” de Montoneros, pero omite decir que fue en virtud del “Código de Justicia Revolucionaria”, aprobado y aplicado por la organización desde octubre de 1975, en democracia y casi 4 años antes que Gelman la abandonara.

            Nuevamente minimiza la real y multifacética lucha antidictatorial, dejando fuera a dirigentes políticos, sindicales y sociales, sacerdotes y aún obispos, que se jugaron –y algunos fueron asesinados– en esos años, aunque no haya sido con los objetivos y la metodología al gusto de Gelman.

Es justa su cita a las Madres, pero inadmisible ignorar a la LADH, la APDHFamiliares, el CELS, el MEDH, o el SERPAJ, entre otras organizaciones de derechos humanos que actuaron valientemente en el país.

            Más allá de las cambiantes opiniones de Gelman acerca de Cuba, que la acuse de haber ocultado el genocidio, cuando está perfectamente al tanto del apoyo que brindó a tantos exilados, lo dejo para la calificación de los lectores. Conocedor de los foros internacionales, sabe que cuando EE. UU-Carter avalaba un proyecto acerca de Argentina, solía venir en bloque con la condena a Cuba, o en realidad a la inversa.

            Ya que sólo registra lo que quiere, o le conviene, insisto en que más allá de las declaraciones de Nadra, total o parcialmente ciertas, los hechos y los protagonistas dan testimonio de su heroica lucha por presos y desaparecidos.

 Nadie ocultó a nuestros mártires para exhibirlos ahora “obscenamente”, como Gelman acusa con hiriente falta de respeto al dolor ajeno. Peleamos por todos y cada uno de ellos, rescatamos a muchos, e hicimos nuestra propia inteligencia e investigación en plena dictadura, bastante antes de la CONADEP. Por eso pudimos llevar a la justicia a varios jerarcas militares, antes de 1983, cuando aún no se soñaba con el famoso Juicio a las Juntas. 

            En medio de tantas injurias a tantos, finalmente Gelman nos descubre la razón de su particular rencor con Fernando Nadra. Lo que todavía no digiere es su fuerte pero franco debate con las organizaciones armadas en los ‘70, que jamás impidió su firme solidaridad, conducta muy distinta de la caricaturización de “los dos demonios”.

Se trata del debate que Nadra realizó con el seudónimo de “Polemos” (como Gelman, al menos por una vez, bien recuerda), convenciendo a muchos, pero muchos más que los 100 jóvenes de los que el se vanagloria de haber “salvado” cuando rompió con Montoneros.

Tampoco perdona, y por una vez lo admite, que muchos luchadores de diversas organizaciones, no hayamos elegido la “Resistencia” armada, y menos cuándo, dónde y cómo Gelman lo consideraba apropiado.

Tal vez pretendía que apoyáramos el asesinato –¿o debo decir ejecución? – de Mor Roig, de Rucci, el ataque al cuartel de Formosa o el pase a la clandestinidad, para solo citar acciones realizadas bajo un gobierno elegido por el pueblo, agudizando aún más la condición de blancos móviles que ya tenían para las “Tres A” y demás bandas parapoliciales y paramilitares los compañeros de los movimientos sociales.

            Todo esto es muy anterior a su ruptura y denuncia de Montoneros.

Gelman también me recomienda leerlo en “Conversaciones con Juan Gelman”, libro-reportaje que le realizara Roberto Mero, donde realiza fuertes críticas a sus ex-compañeros, pero casi a título de observador externo. Leo, releo y no encuentro ninguna autocrítica personal al respecto. Tal vez Gelman pueda ayudarme con más sugerencias de lecturas o indicarme el párrafo que mi insuficiente apego a la letra escrita me ha impedido ver.

            De paso me permito corregir otra de sus tan concluyentes como erradas citas y “denuncias”: “Polemos” no apareció después del golpe genocida, por la sencilla razón que “Nuestra Palabra”, el periódico que mi padre dirigía, fue prohibido y su edificio ocupado y acribillado por centenares de balazos en la madrugada del 24 de marzo. Fecha nefasta que corporizó el “fantasma” de golpe de estado, aquel que tomaban en broma, cuando no consideraban útil para agudizar las contradicciones.

            No pretendo castigar aún más la escasa memoria del escritor, pero pese a su convicción en contrario, Fernando Nadra recién se incorporó al secretariado del PC a fines de 1982, en los últimos días de la dictadura.

Tampoco acierta/n su/s informante/s cuando le hace decir que yo fui secretario de Athos Fava, y menos en la época que cita. Pasé de la juventud comunista al PC, al que luego renuncié, recién en 1984, pero para contribuir a la redacción de la mayoría de sus informes y no pocos discursos de dirigentes, sobre todos los que iniciaron la dura autocrítica de ese partido en 1986, junto con una propuesta de unir a la izquierda y los sectores progresistas.

¿No le comentaron que al igual que mi padre y mis hermanos cuento con varias condenas a muerte, entre otras cosas por transmitir durante la dictadura múltiples denuncias desde la corresponsalía de la agencia cubana Prensa Latina en Buenos Aires, entre ellas la carta de Rodolfo Walsh a las Juntas o las revelaciones del ANCLA, para citarle algunas de su consideración?

¿O de mi contribución a la acción que a días del golpe organizaron “cómplices” como Víctor Vázquez o Mario Marrero, aún desaparecidos por dirigir el heroico “trabajo a tristeza” en ferrocarriles y automotrices, cuando las huelgas estaban prohibidas? ¿Nada del reconocimiento que me otorgó la Organización Internacional de Periodistas (OIP) en 1978, por mi defensa de los derechos humanos en el país?

Cito estos ejemplos, aunque me guardo otros para rechazar su malintencionada alusión, disfrazada de comprensión per para para disminuir mis argumentos, de que reacciono “desde el lugar de hijo”: reacción y opino como hijo, sí, pero sobre todo como protagonista reconocido de aquellos años, con lo bueno y lo malo que me toca.

Finalmente, y pese a la pobreza que Gelman adjudica a mis lecturas, me atrevo a diferir acerca de la imagen que las suyas le dieron acerca de los dioses griegos: no todos eran jóvenes y bellos como cree y afirma, pues los había bastante feos. Eso sí, casi todos eran soberbios, rencorosos, crueles y arbitrarios…

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