Sergio, tan eterno como el agua y el aire

A mí se me hace cuento que se murió Sergio Schilmann, mi hermano, mi amigo, mi camarada.

   Sergio, ese cuyo enorme corazón se detuvo dos veces ante el tormento de los genocidas, pero nunca entregó nada ni a nadie. Y sabia, vaya si sabía.

   Sergio que, cuando algunos que ahora juzgan a un partido heroico estaban bajo la cama, fue testigo clave para desenmascarar en plena dictadura al terrorismo de Estado.

   Sergio, quien en medio de las amenazas dio su testimonio en 1979 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y lo repitió 40 años después, en 2019, ante el tribunal que llevó adelante la “Causa Faced III” en Rosario.

   Sergio el de la Brigada del Café a la Nicaragua sandinista, donde todavía resuenan los acordes de su guitarra, para los que olvidaron el porqué de aquella gesta.

   Sergio, conmigo, en tantos cafés en debate: dos camaradas, yo ya sin carnet, el con el que atesoró hasta su último suspiro. Dos comunistas.

   Mañana, en el día de la Patria, la prensa canalla de esta Buenos Aires insalubre no hablará de su historia. En todo caso, será un relato “apenas” rosarino, cuando en realidad están al servicio de una política para borrar de la memoria colectiva el ejemplo de heroísmo y militancia de nuestro pueblo, entre ellos miles de comunistas, muchos anónimos por decisión de su partido y la ilegalidad de sus misiones, pero otros –como Sergio- ocultos a la vista.

   Tampoco, ocurre sistemáticamente, esos medios “progre”, tan generosos en sus páginas para albergar la seudo memoria de quienes pretenden negar o, incluso, ensuciar a tantos sergios.

   No voy a decir que estas vivo Sergio, porque desgarradoramente no lo estás.

   Tampoco que vivirás eternamente en las luchas de tu pueblo.

   Alguna vez creí que esa era una certeza.

   Hoy –simplemente- que es la ineludible responsabilidad de luchar para que así sea.

Sergio Schilmann

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